miércoles, 6 de agosto de 2008

Se acabo la efervecescencia de los blogs

En el último número de la revista El Malpensante el abogado y bloguero Alejandro Peláez Rojas escribe un interesante artículo titulado "La lección del bloguetariado nacional" en donde hace una critica puntual al movimiento blog al cual parece que pertenecemos. Califica a los blogs como una moda que parece desaparecer como la efervescencia de una sal de frutas... Buena la crítica... Aquí les va el artículo... e irónicamente "por favor coménten" y "linkéen este post"....

La Lección del Bloguetariado Nacional
Por: Alejandro Peláez Rojas*

Como una sal de frutas, la combativa efervescencia de los blogs en sus primeros días parece haber terminado disuelta en humo, en sombra, en nada.


En 2005, todos hablaban sobre los blogs y los blogueros. Se decía que los medios tradicionales iban a caer de rodillas ante el poder subversivo de los maoístas digitales. Los periodistas colombianos corrieron a reportar y opinar sobre el tema. Escribieron columnas y artículos sobre la etimología de la palabra. Narraron entusiasmados cómo había, mil, dos mil, tres mil blogs en Colombia y discutieron sobre las amenazas de la información en manos de amateurs. La palabra blog asustó a muchos y entusiasmó a otros.
Frente a la amenaza de los amateurs, la industria respondió dando un salto adelante y copiando la estrategia de los medios extranjeros. Se abrieron espacios de participación para los lectores: foros virtuales, columnas del lector, blogs, comunidades y mucho "contenido generado por los usuarios". Si no puedes con ellos, lo mejor es cooptarlos, pensaron.
El asunto es que la amenaza bloguera en Colombia nunca pasó de ser una escaramuza aislada. Los maoístas digitales empezaron con fuerza, uno, dos, tres vietnams. Al cuarto se dieron cuenta de que para conseguir lectores no bastaba con regalar el contenido y quejarse del sistema. Ni siquiera bastaba escribir bien, tener buenas noticias o ser una alternativa frente a los grandes medios. Se necesitaba aplicar técnicas de ventas multinivel o recurrir a prácticas clientelistas para ganar audiencia. Mercantilismo puro y duro.
Muchos blogueros agarraron su maletín y golpearon puertas: "Tu blog es excelente, te invito al mío; "Linkéame y te linkeo". Otros optaron por aglomerarse en directorios, incluir contenidos populares en Google o trasladar sus blogs a plataformas comerciales. Los que no abandonaron el barco se agruparon en guetos. El gueto de los que les gusta el fútbol, el gueto literario, el gueto político, el gueto de los paisas, el gueto de los paisas que les gusta el fútbol. Como una matryoshka dentro del gueto dentro del gueto.
Un gueto de lectores y su red clientelista no pasa de los veinte miembros y representa un porcentaje cercano al treinta por ciento del tráfico que recibe un blog. El resto de los lectores llega despistado después de una pregunta al oráculo Google. En el blog que mantengo, varios lectores han llegado después de teclear frases como: "nombres afroamericanos de niñas", "coloquialismos chilenos de 1850" o "¿cuántos taxis tiene Uldarico Peña?". Ninguno encontró lo que buscaba y siempre vuelven los mismos cuatro comentaristas que ya son amigos de la casa.
Para respiro de los periodistas con sueldo, los blogs no son más (ni menos) que tertuliaderos virtuales para personas con gustos parecidos, y no el fenómeno revolucionario de masas que predicaban los gurúes. De hecho lo mejor de los blogs está en las discusiones, chismes y peleas que ocupan el segundo plano. He visto discusiones entre gramáticos lunáticos, decanos de economía y matemáticos con postdoctorado que superan de lejos cualquiera de los debates programados por los medios tradicionales. También he participado en apaleadas verbales contra profesores universitarios más entretenidas que cualquier reality. En estos progroms se ve la sangre y se oyen los gritos del que chilla en las mandíbulas de las bestias. Cuando esto pasa, cuando la red se convierte en arena para el linchamiento verbal, corren los encapuchados a insultar y a pasar la voz. La venganza se propaga con la velocidad de un Sukhoi. El ultrajado no tiene escapatoria, en los blogs llenos de anónimos aburridos, la compasión no existe.
Cuando los blogueros trasladaron sus operaciones a pequeños gulags en los márgenes de la red, los medios tradicionales abrieron sus puertas a la horda dorada. "Su comentario es importante, participe, comente, opine". Temujin 87, OdOaKro y otros lectores siguieron las instrucciones y llenaron los espacios con sus comentarios pasados de tono. Resultó que la mayoría de los usuarios dispuestos a generar contenido eran muy diferentes de los asépticos ancianos que escriben para las secciones de "Cartas del Lector".
El ecosistema de los comentarios virtuales está modelado por la forma en la que son tratados. En los blogs, el dueño atiende a su clientela personalmente y le conversa. En las secciones de comentarios de los grandes medios el dueño nunca aparece y a los visitantes no les queda más que gritar para ser oídos. Los blogs son cafetines amigables y los foros virtuales un gran Disneylandia del insulto.
¿Por qué? Porque en los blogs se atiende y corteja al lector, mientras que en las secciones de comentarios de los grandes medios nadie les pone atención. La falta de atención al lector incentiva el comportamiento antisocial, convierte los foros en las alcantarillas y a los lectores en hooligans.
El salto hacia adelante de los medios tradicionales fue un salto al vacío. No captaron que la gente participa para que la escuchen y, sobre todo, le contesten. Un blog o una sección de comentarios donde el autor principal no es capaz de internarse en la discusión no tiene sentido. Tampoco lo tiene la creación exponencial de contenidos de quinta y sin control editorial bajo el mantra idiota de la participación del usuario. La lección de los blogs no está en su carácter subversivo ni en la "frescura"de su estilo, la lección básica está en tratar bien al que lo visita y se toma el trabajo de escribir tres líneas para comentar. Esta lección no la han aprendido todavía los medios colombianos que tienen vitrina en internet.

*(Alejandro Peláez Rojas - Bogotá, 1977 - es abogado y bloguero)

(Tomado de Revista El Malpensante, Bogotá, No 88, julio de 2008, p. 81)

martes, 5 de agosto de 2008

No lloremos por Doha - Dani Rodrik

Aquí una columna importante sobre Doha tomada de El Tiempo, después del fracaso de la ronda de negociaciones por la negativa de Estados Unidos de bajar los subsidios agrícolas y la negativa de India, China y Brasil de bajar sus aranceles industriales. Esta es la interpretación crítica del economista Dani Rodrik quien afirma que !No hay que llorar por Doha! porque al final este Programa sobre el desarrollo no resuelve el problema de la pobreza en términos de cifras.

No lloremos por Doha

Dani Rodrik*

¿Lo harán, o no? ¿Terminarán firmando los ministros de comercio del mundo un nuevo acuerdo comercial multilateral que reduzca los subsidios agrícolas y las barreras arancelarias a los bienes industriales, o se irán con las manos vacías? La saga se ha arrastrado desde noviembre de 2001, cuando la actual ronda de negociaciones comenzó en Doha, Qatar, sufriendo desde entonces numerosos altibajos, cuasi-colapsos y extensiones.

La última ronda de conversaciones, realizada en Ginebra, nuevamente ha terminado sin llegar a acuerdo. A juzgar por lo que dice la prensa financiera y algunos economistas, lo que está en juego no podía ser más alto.

Conclúyase la así llamada "ronda del desarrollo" con éxito, y será posible sacar a millones de campesinos de la pobreza en los países pobres, además de asegurarse de que la globalización siga viva. Si fracasa, dicen, se inflingirá un golpe casi fatal al sistema mundial de comercio, generando desilusión en el Sur y proteccionismo en el Norte. Y, como los editorialistas se apresuran a recordarnos, las desventajas son especialmente grandes en momentos en que el sistema financiero cruje bajo la crisis de las hipotecas basura y Estados Unidos entra en recesión.

Sin embargo, si se examina la agenda de Doha con una mirada menos apasionada, uno comienza a preguntarse a qué viene tanta alharaca. Es cierto que las políticas de apoyo a los agricultores en los países ricos tienden a deprimir los precios mundiales, junto con los ingresos de los productores agrícolas en los países en desarrollo. No obstante, para la mayoría de los productos agrícolas, es probable que la reducción progresiva de estos subsidios tenga efectos apenas significativos en los precios mundiales, a lo más unos cuantos puntos porcentuales. Esto es bien poca cosa en comparación con la importante alza de precios ocurrida recientemente en los mercados mundiales y, en cualquier caso, se vería opacado por la alta volatilidad a la que por lo general están sujetos estos mercados.

Si bien el aumento de los precios agrícolas a nivel mundial ayuda a los productores, afecta negativamente a los hogares urbanos en los países en desarrollo, muchos de los cuales son también pobres. Por esa razón, la reciente alza de los precios de los alimentos ha hecho que muchos países productores de alimentos impongan restricciones las exportaciones, lo que casi ha causado pánico entre quienes sienten inquietud acerca de la pobreza global.

Es difícil conciliar estos temores con la visión de que la ronda de comercio de Doha podría sacar a decenas, si no cientos, de millones de la pobreza. Lo mejor que se puede decir es que la reforma agrícola en los países ricos sería una ventaja a medias para los pobres del mundo. Sólo en el caso de unos pocos productos básicos -como el algodón y el azúcar- habría ganancias claras, ya que no se consumen en grandes cantidades en los hogares pobres.

Los grandes ganadores de la reforma agrícola en E.U., la UE y otros países ricos serían sus contribuyentes y consumidores, que pagan desde hace mucho los subsidios y protecciones que reciben sus compatriotas agricultores. Sin embargo, no nos equivoquemos: de lo que estamos hablando es de una reforma a las políticas nacionales y una redistribución interna del ingreso. Esto puede ser beneficioso en términos de eficiencia, e incluso de igualdad, pero ¿se debería haber convertido en la principal preocupación de la Organización Mundial de Comercio?

¿Y qué ocurre con las barreras arancelarias a los bienes industriales? Los países ricos han exigido a países en desarrollo como India y Brasil importantes recortes a los aranceles a las importaciones, a cambio de reducir gradualmente sus subsidios agrícolas. (Es un profundo misterio el por qué tienen que ser sobornados por países pobres para hacer lo que les conviene). Pero aquí también los beneficios potenciales son escasos. Las barreras arancelarias que se aplican en los países en desarrollo, si bien son más altos que en los países avanzados, se encuentran ya en uno de los puntos más bajos de la historia.

Según las estimaciones del Banco Mundial, la completa eliminación de todas las restricciones al comercio de mercancías terminaría impulsando los ingresos de los países en desarrollo en no más de un 1%. El efecto sobre los ingresos de los países desarrollados sería incluso menor. Y, por supuesto, la Ronda Doha sólo reduciría estas barreras arancelarias, no las eliminaría del todo.

La Ronda Doha se construyó sobre un mito, el que una agenda de negociaciones centrada en la agricultura constituiría una "ronda para el desarrollo", lo que dio a actores clave lo que querían. Proporcionó a los gobiernos de los países ricos y al entonces Director General de la OMC, Mike Moore, la oportunidad de lograr una postura moral alta frente a los manifestantes antiglobalización. Dio a Estados Unidos un palo con el que derribar la política agrícola común de la UE. Y fue hecha a medida para los pocos países en desarrollo de ingresos medios (como Brasil, Argentina y Tailandia) que son grandes exportadores agrícolas.

Sin embargo, el mito de la ronda del "desarrollo", promovido por autoridades de comercio y economistas que abrazan la "teoría de la bicicleta" acerca de las negociaciones comerciales (es decir, la visión de que es posible mantener vivo un régimen de comercio sólo si se hacen continuos avances en términos de su liberalización) resultó ser contraproducente, ya que Estados Unidos y países en desarrollo claves tuvieron dificultades para liberalizar sus sectores agrícolas. Lo que terminó por llevar al colapso la última ronda de negociaciones fue la negativa de India de aceptar rígidas reglas que, sintió, pondrían en peligro a los pequeños agricultores indios.

Lo que es más importante, los temores que subyacen a la teoría de la bicicleta son muy exagerados. Vivimos en el régimen de comercio más liberal de la historia no porque la OMC obligue a su implementación, sino porque países importantes -tanto ricos como pobres- consideran que una mayor apertura va en su propio beneficio.

Los riesgos reales están en otros lugares. Por una parte, está el peligro de que el alarmismo actual termine siendo una profecía autocumplida, es decir, que las autoridades comerciales y los inversionistas conviertan en realidad el escenario apocalíptico si entran en pánico. Por otra parte, está el peligro de que la "ronda del desarrollo", una vez terminada, no esté a la altura de las grandes expectativas que ha generado, socavando aún más las reglas de comercio globales en el largo plazo. A fin de cuentas, bien puede ser que los "factores atmosféricos" -la psicología y las expectativas- sean más determinantes para los resultados que las cifras económicas reales.

Así es que no lloremos por Doha. Nunca fue una ronda para el desarrollo, y el mundo del mañana difícilmente luzca muy diferente al de ayer.


*Profesor de Economía Política en la Escuela de Gobierno John F. Kennedy de la Universidad de Harvard, es el primer galardonado con el Premio Albert O. Hirschman del Consejo de Investigación en Ciencias Sociales. Su último libro es One Economics, Many Recipes: Globalization, Institutions, and Economic Growth.

Copyright: Project Syndicate, 2008.
www.project-syndicate.org
Traducido del inglés por David Meléndez Tormen

Links:

- Dani Rodrik's blog "Don't cry for Doha" (Aqui puede ver criticas a su posición en los comentarios)

- "Particulary bad timing" (Editorial New York Times, julio 25 de 2008)

"Q&A: China Post Doha" (Entrevista con Johan McEntee -Revista Forbes)

"Brazil's Lula says Doha deal only question of time" (Washington Post - 4 de agosto)

- Fracaso Doha no interfiere TLC ni convenios comerciales (Uriel Ortiz - El Espectador)

- Otros links sobre el colapso de Doha


lunes, 4 de agosto de 2008

Revista digital de derecho administrativo


El pasado 18 de julio el Departamento de Derecho Administrativo de la Universidad Externado, dio a conocer su Revista Digital de Derecho Administrativo. En donde se encuentra información de legislación reciente, doctrina extranjera, jurisprudencia reciente, doctrina extranjera, tratados internacionales, producción bibliográfica y libros de reciente publicación. El primer número de la revista digital se dedica a analizar el tema de la Contratación Estatal. Aquí el contenido del número inaugural. En amicorum incluiremos este link de la revista digital en la parte derecha del blog de forma permanente.

Contenido No 1:

El carácter conmutativo y por regla general sinalagmático del contrato estatal y sus efectos respecto de la previsibilidad del riesgo y del mantenimiento de su equilibrio económico
Dr. Jaime Orlando Santofimio Gamboa.
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La reforma de la ley 80 de 1993 - Mucho Ruido y Pocas Nueces
Dr. José Luis Benavides Russi
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La liquidación bilateral de los contratos estatales: Un mecanismo alternativo de solución de conflictos.
Dr. Juan Carlos Expósito Vélez
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Consideración sobre los contratos y Convenios Interadministrativos
Dr. Jorge Enrique Santos Rodríguez

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Naturaleza Jurídica de las Facultades de la Administración para confeccionar Pliegos de Condiciones
Dr. Hugo Alberto Marín Hernández
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Contratación Estatal ¿Reina la Incertidumbre?
Dr. Juan Pablo Estrada
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Restricciones al acceso a la justicia arbitral en Contratos Estatales
Dr. Jorge Eduardo Chemás
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Criterio para determinar el concepto de propuesta artificialmente baja.
Dr. Ernesto Matallana Camacho
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Pasos inseguros en la nueva contratación.
Dr. Ivan Darío Gómez Lee
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La liquidación del Contrato Estatal
Dra. Aida Patricia Hernández
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El salvamento de voto de Araújo de los autos 155 y 156 de 2008

Tomamos la información de Ámbito Jurídico que indica las principales razones del salvamento del voto del Magistrado Jaime Araújo Renteria de los autos 155 y 156 del 2008 mediante los cuales la Corte Constitucional se abstuvo de revisar la Sentencia C - 1040 de 2005 sobre la constitucionalidad del Acto Legislativo 2 del 2004 sobre reelección presidencial que le solicitó la Sala Penal de la CSJ en el caso de la "Yidispolítica".

" - El acto legislativo que aprobó la reelección presidencial está viciado de nulidad absoluta, porque fue consecuencia del delito de cohecho como lo decidió la autoridad competente.

- No existe la cosa juzgada respecto de un acto nulo de pleno derecho. El argumento de la seguridad jurídica es falaz, porque no puede haber seguridad jurídica frente a delitos contra la democracia, que son imprescriptibles.

- La petición de revisión de la Sentencia C - 1040 del 2005 era, en realidad, una solicitud de nulidad. La corte podía declararla de oficio, para lograr el restablecimiento del orden jurídico. El término de tres días que se les aplica a los ciudadanos empieza a los ciudadanos empieza a correr después de que el hecho se produce o se conoce, porque no se le puede exigir a nadie que conozca de un hecho futuro.

- La Sentencia C - 1040, que convalidó la reelección presidencial en el 2005, es nula, porque se profirió con el voto de dos magistrados que estaban impedidos. Humberto Sierra, que tiene doble nacionalidad, y Marco Gerardo Monroy, que ya había llegado a la edad de retiro forzoso.

- Los autos 155 y 156 también son nulos, porque, además de los magistrados Sierra y Monroy, votaron Manuel José Cepeda y Mauricio Gónzalez. El primero estaba impedido, porque su padre es embajador en Francia, y el segundo era el secretario jurídico de la Presidencia de la República, cuando se estaba promoviendo la reelección.

- El auto que resolvió la situación sobre el envío de la copia del fallo que condenó a Yidis Medina fue producto de una violación al debido proceso, porque el reparto del asunto no se hizo por sorteo, sino que se asignó "a dedo", cuando ya se conocía el asunto que se trataba".

(Tomado de Ámbito Jurídico, Año XI, No 254, 28 de julio al 10 de agosto de 2008, p. 8)

domingo, 3 de agosto de 2008

Columna de Eucario


Nulidad y Revisión de las Sentencias de Constitucionalidad

Por: Eucario Falla Casanova

Mediante los Autos 155 y 156 de 2008 la Corte Constitucional desestimó las solicitudes de Revisión de los fallos que con ocasión de la revisión del Acto Legislativo 2 de 2004 avalaron la reelección presidencial. El Auto 155 es la respuesta dada por la Corte Constitucional a solicitud de Nulidad presentada por ciudadanos una vez Yidis Medina confesó la comisión del delito de cohecho en desarrollo del procedimiento que dio lugar al Acto Legislativo 02 de 2004. El Auto 156 es la respuesta dada por la Corte Constitucional a solicitud de Revisión presentada por la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia una vez condenada mediante sentencia anticipada la exparlamentaria Medina.

1. Los Hechos del Auto 155 de 2008

1. De acuerdo con el artículo 241 No 1 de la Constitución corresponde a la Corte Constitucional decidir sobre las demandas públicas de inconstitucionalidad contra los actos reformatorios de la Constitución «solo por vicios de procedimiento en su formación».

2. El artículo 379 de la Constitución la acción pública para declarar inconstitucional un Actos Legislativo sólo procederá dentro del año siguiente a su promulgación. Esta norma remite al artículo 241 No 2 que asigna a la Corte Constitucional la revisión previa al pronunciamiento popular de la convocatoria a Referendo o a Asamblea Constituyente «sólo por vicios de procedimiento en su formación».

3. El Decreto 2067 de 1991 que establece el régimen procedimental de los juicios y actuaciones ante la Corte Constitucional señala en su artículo 49 que contra las sentencias de dicha corporación «no procede recurso alguno». Del mismo modo señala esta norma que el recurso de nulidad sólo puede ser alegado antes de proferido el fallo y por la violación del debido proceso.

4. Superado el año de haber sido promulgado el Acto Legislativo 02 de 2004 se solicita su revisión ante el conocimiento de hechos nuevos.

2. Los Hechos del Auto 156 de 2008

1. Hacen parte de los Hechos del Auto 166 de 2008 los Hechos 1, 2 y 3 del Auto 155 de 2008.

2. La Sala de Casación Penal de la Corte Suprema de Justicia solicita, superado el año de promulgación del Acto Legislativo 02 de 2004, la revisión del fallo que lo avaló por haber sido fruto de la comisión de un delito.

3. El Problema Jurídico

¿Es revisable el fallo que avaló la constitucionalidad del Acto Legislativo 02 de 2004 por vicios de procedimiento conocidos superado el año de su promulgación?

4. Consideraciones de la Corte Constitucional en el Auto 155 de 2008

1. Dentro de sus estrictas funciones no se encuentra la de revisar fallos que han hecho Tránsito a Cosa Juzgada Constitucional.

2. El artículo 49 del Decreto 2067 señala que no procede recurso alguno contra los fallos de la Corte Constitucional. Vía jurisprudencia se admite la posibilidad de presentar el recurso de nulidad dentro de los tres días siguientes a la notificación del fallo sin que constituya nueva oportunidad para debatir lo resuelto.

3. Ha operado el fenómeno de caducidad de la acción de inconstitucionalidad.

5. Consideraciones de la Corte Constitucional en el Auto 156 de 2008

1. La Cosa Juzgada Constitucional no impide la investigación y condena de la Corte Suprema de Justicia por ilícitos en los que incurran congresistas en desarrollo de sus funciones.

2. La seguridad jurídica impide la revisión por «vicios de forma» cuando ha operado el fenómeno de la caducidad.

6. Comentario

Los Autos 155 y 156 de 2008 conducen en mi opinión a una pérdida del valor normativo de la Constitución. En efecto, la Constitución habla de «vicios de procedimiento» y la Corte Constitucional habla de «vicios de forma». La Corte no distingue los vicios de procedimiento de los vicios forma y le da a la «caducidad» que es uno de estos los alcances propios de aquellos. En otros términos, sólo hace un juicio formal más no procedimental del recurso de revisión solicitado por los ciudadanos y la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia.

Como bien señala la profesora Paloma Biglino Campos los vicios del procedimiento legislativo son además de los vicios de forma todas aquellas infracciones al principio democrático. Esto es las infracciones al principio de mayoría, al principio de publicidad y al principio de respeto de las minorías. En consecuencia, el año de caducidad consagrado en el artículo 379 de la Constitución opera con arreglo a los principios que hacen parte del principio democrático. De acuerdo con estos presupuestos el artículo 49 del Decreto 2067 que proscribe el recurso de nulidad de las sentencias de constitucionalidad opera también con arreglo a dichos principios.

Los principios que hacen parte del principio democrático tornan relativa la cosa juzgada constitucional. En los fallos sobre la constitucionalidad del Acto Legislativo 02 de 2004 no se cuestionó la mayoría con la cual fue aprobado. No se analizó la transparencia de los parlamentarios, que hace parte del principio de publicidad, al momento de votar el Acto Legislativo 02 de 2004. Tampoco se revisaron los atropellos a las minorías parlamentarias con la actitud delictiva de algunos parlamentarios.

El artículo 379 habla de un año a partir de la «promulgación» mas no de la «sanción» del respectivo Acto Legislativo. La primera es propia de la democracia directa y hace relación al acuerdo o vínculo entre la autoridad y el pueblo. La segunda es propia de la democracia representativa y hace relación al acuerdo o vínculo entre distintos poderes. En consecuencia, el año debe contarse a partir del momento en el cual el ciudadano se entera de la configuración de un vicio procedimiento. Lo contrario es asignarle a la promulgación de los Actos Legislativos las consecuencias propias de la sanción. Elimina de esta manera la Corte una de las prerrogativas propias de la democracia directa como lo es la posibilidad de acudir a la acción pública de inconstitucionalidad.

Con base en todo lo anterior el artículo 49 del Decreto 2067 debe ser objeto de una constitucionalidad condicionada. No procede el recurso de nulidad contra sentencias de la Corte Constitucional, siempre y cuando no se vea afectado el principio democrático.

viernes, 1 de agosto de 2008

Villar Borda por Plinio Apuleyo: Historia de una gran amistad

Mi más viejo amigo: memoria de una generación


Luis Villar Borda, al centro, con el presidente Carlos Lleras Restrepo. Villar fue ponente de la reforma constitucional de 1968, crucial para el gobierno Lleras. Foto: Archivo particular

Por: Plinio Apuleyo Mendoza*

Era él, Luis; Luis Villar Borda. Nos conocimos cuando él debía tener siete años y yo seis. Era mi compañero de pupitre en el Liceo de Cervantes, una vieja casa en el centro de Bogotá, con desolados patios de cemento y unas escaleras de madera que parecían temblar cuando subíamos con estrépito al piso superior. No podíamos imaginar entonces que íbamos a ser amigos toda la vida, sin perdernos nunca de vista, desde entonces hasta la vejez, que en su caso fue algo prematura porque antes que cualesquiera de sus amigos sus cabellos adquirieron un intenso color gris plata, antes de quedar completamente blancos, y su andar se hizo cauteloso, pausado, sin que por ello perdiera una inteligencia aguda y una ironía mordaz que le brillaba en los ojos y en las palabras a la hora de analizar cualquier acontecimiento político.

A mí me sorprendía que mi vecino de pupitre, cuando aún no había cumplido 10 años, trajera El Tiempo a la clase, me hablara de los debates en el Congreso o del avance de los ejércitos aliados en Europa. Desde entonces algunos lo veían como un alumno con hábitos de viejo cuando en realidad era un muchacho precoz, un adelantado. En el recreo, en vez de jugar al fútbol, se quedaba tirado en el prado leyendo un libro, el mismo que en clase enmascaraba en el texto de Historia Sagrada. No eran aún las novelas de Dumas o de Zolá que más tarde, en el bachillerato, me haría leer, sino libros de aventuras que aparecían entonces en serie en torno a dos personajes: 'La Sombra' o Bill Barnes, un aviador americano que afrontaba toda suerte de riesgos. Me los prestaba. Muy pronto descubrimos que fuera de los 10 centavos del tranvía, no teníamos nunca plata para comprar una coca-cola porque pertenecíamos a esa particular categoría (a la cual se sumarían más tarde Camilo Torres y Alberto Dangond) de muchachos pobres y de buena familia. Vivíamos en viejas casas del centro de un solo piso con patios y matas de geranios y no teníamos estilógrafos Parker como los demás condiscípulos sino tinteros y plumas de poco precio, y algo me decía que él heredaba los trajes de Carlos, su hermano mayor: unos nickers café que muy pronto desaparecerían del todo.

Influido por sus precoces lecturas e indagaciones, muy pronto empezó a asumir posiciones anticlericales muy opuestas al espíritu conservador y tradicionalista dominante en el Liceo, donde se nos invitaba a ser ejemplares caballeros cristianos. Cuando descubrió que Alfonso Casas, sobrino del rector, entonces un joven javeriano vestido de luto y muy cercano a la extrema derecha, nos hacía marchar hasta Usaquén mientras cantábamos Cara al sol y levantábamos el brazo en un saludo, fue el único capaz de advertirme: "Ese es el himno de la Falange española y el saludo lo inventó Mussolini". Desde entonces fue mi guía por los senderos de una izquierda que él nunca abandonó aunque yo sí, pero muchos años más tarde.

Gabo y Camilo Torres

Fuimos gaitanistas en un colegio donde nuestros condiscípulos, muchachos de buenos apellidos, llamaban a Gaitán 'El Negro' y a sus huestes, la chusma, por lo que oían decir a sus padres. Luis nos llevaba a Camilo Torres y a mí a las vibrantes conferencias de Gaitán los viernes en la noche al Teatro Municipal. Platea, palcos, corredores, vestíbulos y los alrededores del teatro estaban llenos de una multitud compacta y febril que parecía envuelta en los espesos olores de la pobreza, mientras intentábamos colarnos en uno de los palcos. Vestidos como caballeros del Cervantes, debíamos inspirar sospechas. "Estos como que huelen a oligarquía", oí decir a alguno con venenoso sarcasmo, y Luis se apresuró a susurrarme, inquieto: "¡Quítese la corbata, carajo!".

No había cumplido Luis 17 años cuando en vacaciones empezó a trabajar, gracias a la gestión de algún pariente, en la Beneficencia para registrar en una planilla el número de entradas a los cines. Yo lo acompañaba a veces a hacer el conteo de las boletas vendidas y eso me permitía ver películas sin pagar, como la inolvidable Casablanca. Tanto entusiasmo nos produjo, a él y a mí y también a Carlos Celis y a Alberto Dangond, otros invitados suyos, que con ese motivo me tomé con ellos, al salir, las primeras cervezas de mi vida. Alguna vez el portero de un cine popular nos invitó a beber "pita" en un horrendo cafetín de Las Cruces. "Es la champañita de los pobres", decía a propósito de aquella bebida fermentada y clandestina. No fuimos capaces de rechazar su oferta para no ganar fama de oligarcas con aquel gaitanista raso. Alguien me vio y se lo contó a mis tías lo que provocó en ellas y luego en mi padre un alarmado estupor. No podían entender que un muchacho tímido y aficionado a los libros anduviera en Las Cruces emborrachándome con chicha. Al terminar el bachillerato, Luis ingresó en la Universidad Nacional para estudiar Derecho. Un año después, cuando dejé el Liceo, no quise seguir su misma carrera. Me parecía horrible pasar la vida en notarías y juzgados. Me hubiese gustado seguir Filosofía y Letras pero mi padre veía este propósito con mirada compasiva. "Te vas a morir de hambre", me decía. Así que, mientras aclaraba mi destino, acepté trabajar con él en una revista llamada Reconquista. Lo acompañaba a sus giras con Gaitán, cuando era ya jefe del liberalismo, y más de una vez me tocó transcribir los discursos del líder y llevárselos a su oficina para su revisión. Luis y yo estábamos seguros de que sería el próximo presidente.

Nos veíamos con frecuencia en un café de la calle 14, un antro como todos los de entonces, lleno de humo, de olores rancios, de estudiantes y empleados que pasaban el día hablando de política. Allí, un día me presentó a un muchacho costeño, flaco, descuidado y alegre, condiscípulo suyo en la Facultad de Derecho, que entró en el café y se sentó en nuestra mesa. Era Gabo, nada menos. A mí me escandalizó que de inmediato le hiciera propuestas a la camarera mientras le pasaba la mano por el trasero. Luis, en cambio, parecía muy divertido. Lo examinaba como si fuese un personaje folclórico. "Es un caso perdido -me dijo cuando Gabo se fue-. No mira los códigos, falta a clases, amanece en cualquier parte. Pero -y aquí su don de observador le saltó a las pupilas abriéndole a ese compañero suyo una luz de redención y esperanza- escribe cuentos. Ulises (Eduardo Zalamea Borda) le ha publicado dos en El Espectador".

Ahora que lo pienso, Luis siempre siguió con atención el rumbo que tomaba la vida de sus amigos. El de Camilo Torres y el mío, por ejemplo. Recuerdo el día que Isabel Restrepo lo llamó alarmada para pedirle que fuera a sacar a su hijo de un extraño encierro que se había impuesto luego de unas vacaciones en el Llano. Yo lo acompañé. Era un sábado en la tarde. Camilo, abrigado con una ruana blanca, aceptó bajar con nosotros a la calle sin que por ello perdiera un aire absorto, como ausente, muy extraño. Descendíamos hacia la carrera quinta por la calle 18, donde quedaba su apartamento, cuando decidió contarnos su secreto. "He decidido hacerme sacerdote", nos dijo. Guardó silencio y sin mirarnos, como si hablase consigo mismo, agregó: "Lo más duro ocurrió ayer. Se lo dije a Teresa, mi novia".

Aquella decisión debió sorprenderme menos que a Luis. Había hablado con Camilo de un hallazgo común fruto de reflexiones y lecturas. Era la idea algo mística de que solo el amor al prójimo daba respuesta a las desventuras de la condición humana. "Aun si Dios no existe -le decía yo, que acababa de leer El existencialismo cristiano de Etienne Marcel-, esa exhortación de Cristo es válida". Ambos nos cuidábamos de transmitir esas inquietudes metafísicas a Luis, capaz de destruirlas con algún comentario. Pero la decisión de Camilo de hacerse sacerdote la tomó muy en serio. Le guardó el secreto durante varios días. Lo acompañó a la Estación de la Sabana para que tomara el tren a Chiquinquirá donde debía entrar a un seminario de los padres dominicos. (Esa primera tentativa fue frustrada por la propia Isabel que sacó a Camilo de una oreja cuando ya se hallaba en el vagón).

Finalmente Luis se ocupó también de mi propio destino. Cuando descubrió que yo pasaba las tardes de sábado encerrado en la Biblioteca Nacional leyendo versos de Baudelaire y de Verlaine, me dijo: "Tú tienes que irte a París, y yo te voy a decir cómo". Me llevó a ver en un café de la calle 12 a Pepe Gutiérrez, estudiante de Medicina amigo suyo (luego sería mío). Pepe, a punto de viajar a Francia, había descubierto una extraña maroma financiera que le permitía estudiar allí sin costo para la familia. Se trataba de comprar al cambio oficial de dos pesos por dólar el cupo de 250 dólares que se otorgaba en la época a los estudiantes. Guardaba uno 100, suma suficiente para sobreaguar entonces modestamente en París, y devolvía los 150 restantes que, vendidos al cambio negro, pagaban la totalidad del giro. Yo no podía creerlo. Me veo saliendo de aquel café, mientras sonaban en el crepúsculo las campanas del rosario, soñando que gracias a Luis el París de Baudelaire iba a ser mío.

La Europa de los 50

Fue una verdadera diáspora provocada por el bajo costo de vida en Europa y por la terrible situación que vivía el país en aquellos años de sangre y fuego; los años de la violencia, los llamarían después. Lo cierto es que París, en los 50, fue el punto de encuentro de mucha gente de mi generación. Vivíamos en buhardillas de Saint Germain des Pres, nos encontrábamos en los cafés y restaurantes de estudiantes, y nuestras simpatías se ubicaban, casi sin excepción, en los linderos del comunismo.

Las cartas de Luis nos pintaban la terrorífica situación que se vivía entonces en campos y ciudades, e incluso en Bogotá donde llevar una corbata roja podría constituir un peligro por obra de "pájaros" y "chulavitas". Todo indicaba que él también era muy cercano a las juventudes comunistas cuyo más calificado dirigente era amigo nuestro, condiscípulo en los tiempos del Liceo: Fernando Hinestrosa. A título de "progresista" este me hizo llegar con Luis una credencial para asistir en Praga al Festival de la Juventud. Allí desfilamos bajo los retratos de Marx, Lenin y Stalin, y de las pancartas con la paloma de la paz pintada por Picasso. Ignorábamos la sombría realidad que encubrían el régimen checo y los demás gobiernos comunistas de Europa del Este. De ese sarampión ideológico ninguno de nuestros amigos se salvaba en París. Comunistas o progresistas eran conmigo Pepe Gutiérrez y Gustavo Vasco, Armando y Pablito Solano, Marta Traba, Hernán Vieco y Rogelio Salmona, Alberto Zalamea y Germán Samper, los Gónima y hasta el propio Gabo, quien apareció por allí a finales de 1955.

Pero una cosa era quedarse en París para seguir en el humo de las cavas existencialistas los debates entre Sartre y Camus, y otra regresar a Bogotá para enredarse en inútiles actos conspirativos, primero contra el gobierno de Laureano Gómez y más tarde contra el de Rojas Pinilla. Pepe Gutiérrez aprendió a fabricar explosivos para lanzar al aire hojas de propaganda en los jardines de Armando Solano, y dueño de ese invento dejó su Hotel Welcome y se volvió a Colombia. Igual decisión tomó Gustavo Vasco y acabó en la cárcel. Sin dinero para continuar mis proyectos en París, tuve que irme por un par de años a Venezuela donde mi padre se hallaba en exilio. Me enteraba de las andanzas de Luis a través de sus cartas. Finalmente, a punto de caer en las redes de los organismos de seguridad del gobierno de Rojas, tuvo que exilarse en Alemania Oriental, becado en Leipzig por el Partido Comunista. Con algún dinero ahorrado volví en 1955 a París para encontrarme con Gabo en la misma calle del Barrio Latino, la rue Cujas.

Gabo era entonces un periodista muy conocido que había llegado a París como corresponsal de El Espectador, sin sospechar que poco después el diario sería cerrado por Rojas Pinilla. Nos hicimos amigos la noche de diciembre en que, al salir de un restaurante, vio la nieve por primera vez y empezó a dar saltos locos de alegría por el bulevar Saint Michel. Muy pronto descubrimos nuestro deseo de conocer de cerca el mundo socialista de nuestros sueños. "¿Por qué no vamos a visitar en Leipzig al doctor Villar Borda?", me preguntó un día Gabo. Sin pensarlo dos veces nos fuimos, acompañados por Soledad, mi hermana, en un diminuto Renault que yo había comprado. Un gran choque nos produjo aquel encuentro con el mundo comunista, las siniestras ciudades, los camiones rusos en las carreteras y ese bar de Leipzig donde los parroquianos bebían con la desesperación de quien bebe su última copa, y lo que nos contó un pobre funcionario acompañado por su mujer y dos muchachas cuando supo que éramos turistas. Todo esto ya lo había descubierto Luis.

Con todo, decidimos ir al Festival de la Juventud en Moscú, en el verano de 1957. Ahí estábamos Luis, Gabo y yo acompañados por Pablito Solano, Teresa Salcedo, Hernán Vieco y una docena de amigos. Nos tomamos fotos en la Plaza Roja, visitamos el mausoleo donde yacían los cuerpos momificados de Lenin y de Stalin y recorrimos miles de kilómetros en tren por los vastos parajes de la Unión Soviética hasta llegar al canal Volga - Don, donde se alzaba una gigantesca estatua de Stalin. Ahí debió terminar nuestro fervor por el mundo socialista, sin que por ello abandonáramos los predios míticos de la izquierda.

Nuestro escenario común en los años 60 no fue Europa sino Colombia. Dos fervores lo marcaron: Cuba y el MRL encabezado por López Michelsen. Después de una nueva estancia en Venezuela, donde vimos de cerca como periodistas la caída de Pérez Jiménez y la llegada de la democracia, Gabo y yo nos hicimos cargo de la agencia cubana Prensa Latina en Colombia. Luis tenía en la calle 12 con carrera sexta su oficina de abogado con Servio Tulio Ruiz, y andaba metido en una organización de izquierda cuyo vocero era un semanario llamado, si mal no recuerdo, La Gaceta, antes de que termináramos todos unidos bajo la jefatura de López como opositores del Frente Nacional.

Ramiro Andrade, Luis y yo fundamos las Juventudes del MRL, grupo ultra castrista que veíamos como una vanguardia revolucionaria, cuyo lema era Ni un paso atrás y su distintivo unos chacos colorados con los cuales aparecíamos en lugares tan candentes como Puerto Boyacá. Enviado por nosotros, Luis se entrevistó con Fidel Castro en La Habana y obtuvo de él la oferta de entrenar política y militarmente muchachos nuestros en Cuba. De esa experiencia, quién iba a creerlo, surgió el Eln, pues muchos de los jóvenes entrenados solo creían en la guerra de guerrillas y no confiaban en la vía electoral. Se metieron al monte. Varios de ellos, hasta entonces muy cercanos a nosotros, murieron en la primera etapa de esa lucha armada. Y también, dentro del Eln, Camilo Torres.

Llegué a sospechar que Camilo iba a seguir la vía armada. Recuerdo una conversación que tuvimos en Barranquilla, donde yo había decidido refugiarme algo desengañado de todas esas locuras y del rumbo comunista que había tomado la revolución cubana. "¿Dónde vas a dejar aquel amor al prójimo de que hablábamos hace 20 años? -le pregunté-. Amor y violencia no van juntos". "Plinio -me respondió-, el amor tiene que ser eficaz, y para serlo se necesita crear por la vía de la lucha armada una nueva sociedad donde no haya ni explotadores ni explotados". Tiempo después, al abrir en un estacionamiento de Barranquilla el diario de la tarde, me encontré con la noticia de su muerte, los ojos se me nublaron de lágrimas. A mi segunda hija, que acababa de nacer, le puse el nombre de Camila).

En los años 70, tanto Luis como yo y quizás toda nuestra generación ya próxima a los 40 años, entramos al fin en el mundo de la realidad. Cada cual a su manera. Luis llegó al Congreso e inició una carrera política antes de convertirse en un destacado diplomático. Yo decidí que debía ponerme a escribir, después de haber perdido muchos años, y me refugié con mi primera esposa y mis dos hijas en un pueblito de Mallorca antes de que Gabo me tendiera un puente de sobrevivencia al proponerme como editor o jefe de redacción de la revista Libre, que agrupó en París a los escritores del 'boom' latinoamericano. Escribí en esos primeros años El desertor y más tarde Años de fuga (Premio Plaza y Janés) en la que hay un personaje apellidado Vidales, que es copia fiel de Luis. Es el compañero de juventud de mi protagonista, el muchacho que a su lado vive en las calles de Bogotá la hecatombe del 9 de abril. Y así fue, en realidad.

Como sea, pese a seguir vías aparentemente opuestas, nunca dejamos de encontrarnos, en París, Roma o Bogotá. Me sorprendía verlo como presidente de la Cámara, como de embajador en Suecia, luego en China y más tarde en Alemania Oriental; como miembro de la Academia Colombiana de Jurisprudencia y autor de notables libros de Filosofía del Derecho o de agudos análisis como el que, en su calidad excepcional de testigo de la creación y el derrumbe del Muro de Berlín, escribió bajo el título de El último embajador. Había encontrado en el Externado de Derecho a nuestro amigo de la infancia y juventud, Fernando Hinestrosa, y allí había ganado un extraordinario prestigio como catedrático y el afecto y la devoción de sus alumnos.

Sin saber a qué horas resulté siguiendo sus pasos cuando fui designado por el presidente Gaviria embajador de Colombia en Italia y más tarde, por el presidente Uribe, embajador en Portugal. Como cada año él viajaba a Europa para asistir a seminarios y conferencias, teníamos oportunidad de recorrer museos, hablar de libros y de la política colombiana. Mantenía el humor de siempre, una admirable capacidad de análisis y una infinita curiosidad intelectual. Nuestro inevitable amigo de enlace en Bogotá era Alberto Dangond Uribe. Nos invitaba a almorzar cualquier domingo al Country Club y allí, sentados en la taberna, con los prados de golf a la vista, volvíamos a ser los traviesos condiscípulos del Liceo de Cervantes con una conversación chispeante, salpicada de risas. Solo al ver las manos de Luis maltratadas por la artrosis y al observar a la salida la gorra de lana y el bastón que usaba me daba cuenta del tiempo transcurrido desde que era mi vecino de pupitre en el Liceo.

Recuerdo la última vez que lo vi, a fines del año pasado, una de esas soñolientas tardes de domingo de Bogotá. Conocí el apartamento donde vivía, lleno de libros, como siempre, y en los estantes fotografías de cuando éramos jóvenes y andábamos en París o en la Plaza Roja. Pero al dejarlo tuve la sensación de que, solterón irremediable, su compañera más leal había sido siempre la soledad. Allí estaba al lado de sus libros.

Fue muy duro recibir la noticia de su muerte. Me la dio desde Bogotá mi hermana Consuelo. Me encontré de pronto en la soledad, la luz y el calor del estío madrileño, deseando estar al lado de los suyos y de tantos amigos comunes, y con la sensación de que su muerte anunciaba la inexorable despedida de nuestra generación, la nuestra, que nunca dio un presidente (el poder pasó de Virgilio Barco a Gaviria, Samper, Pastrana, Uribe...) pero sí nombres tan relumbrantes como los de Gabo y Botero. A pesar de engañar tramposamente a la vejez con proyectos de todo orden y una actividad desbordada, tuve por primera vez la impresión muy real de que la vida es frágil y efímera; tanto como esas hojas amarillas del otoño cuando empieza a soplar el viento.

*Especial para CAMBIO
Madrid, julio de 2008

jueves, 31 de julio de 2008

Villar por Arango

Luis Villar Borda

Rodolfo Arango


Por: Rodolfo Arango
EXISTEN SERES HUMANOS CUYA grandeza sólo se reconoce plenamente después de su muerte. Uno de ellos es el filósofo del derecho Luis Villar Borda.

Intelectual incansable, profesor universitario, congresista y diplomático, este bogotano nacido en Nueva York es digno ejemplo de sabiduría, generosidad y honestidad. En lugar de dedicarse a propagar sus ideas, el maestro Villar Borda optó por difundir, traducir y publicar el pensamiento filosófico y jurídico, clásico y contemporáneo, desde su cátedra en la Universidad Externado de Colombia. Su dedicación a la Serie de Teoría Jurídica y Filosofía del Derecho, editada en su Alma Máter, le permitió publicar más de cincuenta obras. A la inicial cavilación sobre la viabilidad del proyecto por la escasa lectura y las dificultades económicas de los colombianos, siguió el rotundo éxito editorial de los textos de bolsillo.

Como humanista de izquierda, al profesor Villar Borda le preocupaban la justicia, los derechos humanos, la democracia, el pluralismo y la convivencia, entre otros. Víctima de la persecución política cuando joven, dedicó en su madurez sus esfuerzos intelectuales a la causa de los humildes y de los oprimidos. A su interés por la teoría jurídica sumó su preocupación por los inmigrantes, los extranjeros y los desplazados. También los temas del federalismo, del desarrollo territorial, de la ciudadanía activa, de la globalización y de la migración, fueron abordados por él con solvencia y erudición. Más de dos décadas de enseñanzas a jóvenes abogados externadistas dejaron una indeleble huella de su paso por la academia. Lo que pudo ser una vida holgada llena de privilegios, fue una existencia dedicada al estudio y al servicio de sus congéneres.

Los frutos del espíritu se reflejaban para él de forma admirable en las obras de Immanuel Kant y Hans Kelsen. No el uso de la fuerza sino la paz por vía del derecho caracteriza su enfoque normativo de la justicia, en contraste con concepciones realistas que priorizan las salidas de facto y el populismo propio de regímenes autoritarios. Décadas de recepción de la teoría jurídica kelseniana llevaron a su nombramiento en el prestigioso comité mundial para la publicación de las obras completas del jurista austriaco más importante de todos los tiempos. En Colombia el “maestro del Externado” publicó sendos libros en conmemoración de los doscientos años de la inmortal obra Sobre la paz perpetua de Kant y del trigésimo aniversario del fallecimiento de Kelsen.

Pero no todo fueron letras en la vida de Luis Villar Borda. Por fortuna, meses atrás, en cena ofrecida al mayor conocedor de la obra kelseniana, el profesor Stanley L. Paulson, superando los normales achaques de la edad, nuestro querido amigo aceptó hacer una excepción y salir de noche de su casa pese al frío bogotano. En velada inolvidable entre amigos, Luis relató –para sorpresa de los asistentes– sobre sus vivencias y amistades en Alemania Oriental, primero como estudiante y luego como embajador. Lo memorable vino al final. Reveló que tras la caída del muro se enteró de que había sido espiado y sus comunicaciones interceptadas durante años por agentes de la dictadura comunista. No habría podido ser de otra manera. Para la “Stasi” o policía secreta germano-oriental resultaba demasiado exótico un estudiante y luego embajador proveniente de una república desconocida, que hablaba fluido alemán y poseía una gran cultura universal. Cuando años más tarde el ex embajador agraviado visitó las instalaciones oficiales para conocer la información personal recogida por los agentes, los allí presentes se dieron vuelta para observar quién era la persona tan importante a la que entregaban un cerro de archivos de inteligencia. Los comunistas desconocían que Luis siempre hacía público su pensamiento político en libros, los cuales no requerían ser interceptados sino que invitaban e invitan a ser leídos.

  • Rodolfo Arango